LEYENDAS DE SONORA….YO LEVANTÉ A SAN FRANCISCO JAVIER

En la siguiente entrega de Leyendas de Sonora, nos trasladamos a otro de los Pueblos Magicos en el estado, Magdalena de Kino, donde la leyenda y la realidad se entremezclan especialmente entre aquellos files creyentes de San Francisco Javier.
Genaro, el señor que vende paletas heladas en la plaza de Magdalena de Kino, cuenta que él ha visto cómo llegan señoras y señores a la iglesia, se paran a un lado de la escultura de San Francisco Javier, le besan la frente y los pies, y luego intentan levantarlo, ¡pero no pueden!
Cuenta la leyenda que, en este municipio de Sonora, fundado por el misionero jesuita Francisco Eusebio Kino, sólo los que tienen fe pueden levantar al santo que ha permanecido acostado desde hace muchísimos años en una capilla de la iglesia de la Magdalena.
Es un maniquí vestido de franciscano, con túnica café y un lazo en la cintura. Mide lo mismo que un hombre real y sus proporciones son humanas. Pero, a final de cuentas, es un ser inanimado que no debería pesar mucho por los materiales con que está hecho.
Se encuentra en el centro de la capilla, sobre un altar. Está reclinado y siempre es observado por los miles de fieles que lo veneran y lo saturan de peticiones, favores y también de agradecimientos.
Genaro está convencido de que la leyenda es real. Él siempre ha podido elevar al santo casi sin ningún esfuerzo. Dice que tiene una fe infinita en él y que, en agradecimiento, San Francisco Javier le permite levantarlo para que todos admiren y digan:
—¡Ese hombre sí que tiene fe!
Hay muchos que no creen en la leyenda, por ejemplo, está la historia de un incrédulo que la cuenta así:
“En mi último regreso a Magdalena de Kino, un amigo me dijo que quería levantar al santo. No dudaba ni tantito de su fe. Era tanto el fervor que sentía en ese momento, que quería ir a la iglesia, besarle la frente y, concentrándose en su religiosidad, levantar de sus aposentos a San Francisco Javier.
Me dijo que lo acompañara. Yo le aclaré de inmediato que no creía en ello y me dijo “te reto a que lo levantes”. Lo miré con desconcierto y finalmente acepté.
A la entrada de la capilla había una docena de personas esperando hacer valer el milagro y afianzar la leyenda. Mi amigo hizo lo suyo ¡y le funcionó!
Yo salí del recinto inmediatamente. Me daría mucha vergüenza que los feligreses me vieran ponerme rojo del esfuerzo y que el santo no se mueva ni un poquito. Yo no creo en esa historia y, por tanto, mi fe no es la suficiente como para dejarlos a todos boquiabiertos si lo hubiera podido levantar.
Pero el reto de mi amigo seguía firme y me obligaba a responder. Hice a un lado mis vergüenzas, me abrí paso entre los católicos, miré a aquel santo barbón y paliducho y, tomándolo de la nuca, ¡lo levanté!
Cuando lo volví a recostar volteé a ver a mi amigo. Él estaba con una gran sonrisa y me dijo: “Yo sabía que muy adentro de tu corazón estaba guardada toda tu fe”.




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