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LEYENDAS DE SONORA…EL MOLINO SAN ANTONIO DE OQUITOA

22 may 2023
3 min de lectura

En esta nueva entrega nos trasladamos al norte del estado, a un municipio pequeño pero grande en historia…Oquitoa y su viejo molino.


En aquellos lejanos años de la colonización del norte de Sonora, por el padre Eusebio Francisco Kino y demás evangelizadores, se formaron pueblos de españoles en torno a las misiones, que se dieron a la tarea de fundar industrias. Entre ellas estaba la harinera, ya que el trigo era uno de los alimentos preferidos por los iberos y su descendencia.


En la misión de San Antonio de Oquita se estableció, en 1750, un molino. Era una hermosa construcción con una gran toma de agua que hacía girar la enorme máquina existente hasta el día de hoy.


La harina del Molino San Antonio era muy blanca y olorosa, por lo que venían desde sitios muy lejanos por ella.


El dueño del molino era don José María, un hombre sumamente rico, quien tenía dos hijos varones que nacieron en Valencia, España y cinco hijas naturales de Oquita.


Rosalba Guadalupe era la mayor, y quizá la más graciosa y bella de las hijas de don José María. Por desgracia, una extraña enfermedad de esa época, a finales del siglo XVIII, la debilitó hasta que murió. Sus afligidos padres y hermanos lloraron su muerte y se envolvieron en un luto como nunca se había visto.


A pesar de lo anterior, el molino crecía a pasos agigantados, tanto, que llegó a tener veinte operarios, quienes, además del costalito de harina que les daban como jornal semanal, recibían una compensación monetaria.


Un par de ladronzuelos, vagos por tradición, pues se la pasaban sin hacer algo más que empinar la botella, decidieron llevar a cabo un terrible acto: ¡desenterrar a Rosalba Guadalupe!


Morir en la hoguera hubiera sido poco castigo para estos profanadores de tumbas.


Una noche se pusieron a escarbar, hasta dar con el aún fresco cuerpo de Rosalba Guadalupe. Estaba muy bien vestida con ropa de seda. Le arrancaron los collares y todo lo que consideraron que tenía algún valor.


Uno de los ladrones encontró un bello anillo en la mano izquierda de la dama, trató de sacarlo, pero éste se aferraba al dedo anular. Desesperado y apurado, sacó su navaja con la intención de cortar el dedo, pero al momento de intentarlo, ¡la muchacha pegó un gran grito de dolor! Luego se sentó en el féretro.


Los dos ladrones de tumbas salieron disparados como alma que lleva el diablo. Después de correr todo lo que pudieron, se pararon, respiraron y comprendieron que lo que habían hecho fue terrible; así que fueron a la casa de don José María para avisar del milagro, sin importarles que fueran encarcelados y conducidos inmediatamente a la horca.


Don José María, su familia y los vecinos de la vieja misión, llegaron con sus lámparas al panteón, donde encontraron a Rosalba Guadalupe sentada afuera de la tumba. ¡La habían sepultado viva!


La joven se vistió como pudo con las ropas que los profanadores de tumbas habían dejado regadas en la huida.


Desde luego, la alegría de todo el pueblo fue enorme. La muchacha estaba feliz y llena del amor de sus seres más cercanos.


Don José María ordenó una gran fiesta para el día siguiente. Además, decidió que los dos ladrones serían premiados, pues de no haber sido por la monstruosidad de sus actos, su hija no estaría a su lado de nuevo.


Aquellos “héroes” bailaron, comieron y bebieron a sus anchas. Más contentos se pusieron cuando don José María les prometió comprarles una casa y darles dinero de por vida, ¡sin necesidad de trabajar! Ése sí que fue un verdadero milagro.



 
 
 

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